sábado, 1 de mayo de 2010

A pesar de que no sabía cuál era el nombre de las cosas que olía, le encantaba el perfume que emanaba su madre y el olor de la comida que le llegaba desde la cocina. Podía sentir el tacto de la manta que le envolvía en el frío de la noche y el agua en que se sumergía en la bañera. También escuchaba las canciones que un extraño aparato tocaba antes de dormirse y el tono de voz de su madre. Le encantaba el sabor de la leche que emanaba de esos pechos siempre repletos y los diversos zumos que probaba o la insipidez del agua.

Sin embargo, nunca había visto nada de lo que olía, tocaba, escuchaba o probaba. Pero un día, sintió una extraña calidez en el rostro y una luminosidad fuera de lo común, la curiosidad le pudo y abrió los ojos levemente. Una inmensidad azul con un círculo demasiado luminoso le fascinó.

De pronto, una voz familiar dijo: "Mira, por fin quién ha abierto los ojos. Agugutata, aguguta, mira quién ha abierto los ojos".

Rompió a llorar por su absurda curiosidad de la que se arrepentía y, al mismo, tiempo, no podía dejar de mirar ese cielo azul lleno de miles de cosas por descubrir.

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