domingo, 3 de noviembre de 2013

Ignorado sufrimiento

Apretó su mano muy fuerte, hasta que los dedos comenzaron a ponerse blancos y sintió cómo se le dormían. Entonces pensó que algo dentro de ella también parecía dormirse o, más bien, morirse. Parecía que ya no existía más dolor, que no podría soportar ni un ápice más de dolor. Al mismo tiempo se asombraba de la infinita capacidad de sufrimiento que tiene el ser humano, porque incluso en los peores momentos, es capaz de volver a levantarse y continuar caminando, esperando que suceda algo nuevo que mate otra parte más de su interior, de su ser. Al final todas las madres que sobrevivieran a esa guerra no serían más que sombras deambulando por la tierra, incapaces de sentir nada, sólo podrían convivir con ese dolor que ya formaba parte de ellas y que era tan suyo que no permitirían que nadie se lo quitara. Se llevarían a sus hijos,a sus maridos, sus casas, sus alimentos, su dignidad...pero su sufrimiento era sólo suyo y nadie podría quitárselo jamás.

Mientras aferraba fuerte esa mano que parecía tan pequeña dentro de la suya, ajada por el tiempo y el trabajo duro, recordó cuando su hija aún iba a esas escuelas que los europeos hacían para intentar educar a los niños del África. Ella siempre llegaba a casa contando historias que había oído allí y se asombró mucho cuando un maestro le contó que él había vivido durante la Segunda Guerra Mundial en un campo de concentración y que habían estado a punto de exterminar a su pueblo, el pueblo judío. Menos mal que los medios y la gente en general no permitiría que se olvidara lo que había sucedido.

Ahora miraba los ojos muertos de su hija y pensaba si en Europa se hablaría de las grandes guerras que se libraban en África y que acababan con tribus enteras. Si alguien querría escuchar su historia y oír cómo habían muerto ya dos de sus hijos en un sitio que ni si quiera conocía, sin poder recuperar sus cuerpos porque los enterraban dónde y cómo podían. Fosas comunes, creía recordar que llamaban en Europa al lugar donde estaban todos esos judíos masacrados. Y ahora, tenía a su hija muerta en una cuneta, violada y con la mirada perdida en un lugar tan lejano que no podía ni imaginarlo. Ojalá nadie olvidara tampoco sus guerras ni su dolor. 

domingo, 28 de abril de 2013

Miénteme suavemente

Se ha discutido mucho sobre la profesión más antigua del mundo. Algunos consideran que es la de cazador, otros más picarones creen que es la prostitución. Sin embargo, yo me planteo si más bien sería la de mentiroso, ya que algunos se dedican profesionalmente a ello. Lo indiscutible es que mentir es todo un arte.

Nadie sabe cuándo nació la mentira, pero todos conocemos lo difícil que es mentir por primera vez. Da miedo pensar en el qué pasará si nos pillan, qué consecuencias tendrá. Y es que la mentira es una salida de cobardes, lo mires por donde lo mires. Se suele mentir por miedo a decir la verdad. De ahí surgieron las llamadas "mentiras piadosas", que no son más que una forma de pintar de bonito algo que no lo es. No queremos decir "estás gorda" o "eso te sienta fatal". Preferimos mentir vilmente y ver una sonrisa esbozada en la cara de la persona a la que acabamos de engañar sin ningún tipo de pudor, es más, nos sentimos orgullosos de haberle ahorrado un berrinche o enfado.

Hay personas que parecen tener un don innato para la mentira. Cada palabra que sale de su boca suena a verdad por muy extraño que parezca. Como toda habilidad, puede ser empleada para el bien o el mal. No conozco a nadie que utilice la mentira para favorecer a otros, puede que esta facultad sólo sirva para el lado oscuro. Por eso asociamos la mentira con corruptos, estafadores, criminales...La peor calaña sabe cómo, cuándo y a quién mentir. Pero parece que todos olvidamos que hemos aprendido a engañar igual que ellos, pero con menos talento o con intenciones más honradas, si ello es posible.

Por todos los motivos expuestos, nos resulta extraño encontrar a gente que lleva la verdad por bandera. Están en peligro de extinción. Lo malo es que no existen asociaciones a favor de los sinceros, ni documentales sobre ellos que nos sensibilicen con su causa. Algunos optan por aislarles y tratarles como bichos raros. Y ello es así porque la verdad no está de moda. A nadie le gusta que le digan "tu trabajo es una mierda" o "tu hijo no sirve para estudiar".

Así que ándense con cuidado porque los mentirosos están al orden del día y acechan en cada esquina. Posiblemente usted sea uno de ellos. En ese caso, no me mienta suavemente, hágalo con un golpe directo y eficaz. Que su mentira sea un arte y hágame creer que esa mentira es verdad, por favor.


domingo, 17 de marzo de 2013

Lo que el mar esconde

Le gustaba coger el secador y colocarlo a una potencia muy baja para escuchar ese sonido que le recordaba al viento sobre las olas del mar. Su madre siempre se lo arrancaba de las manos cuando lo descubría aferrado al aparato bajo las sábanas. A veces se dormía con él enchufado y soñaba que corría por la arena. Casi podía sentir cómo su ropa se movía con el viento mientras su piel se tostaba bajo el sol.

También le gustaba echar sal en la bañera, siempre sin que le viera su madre. Se sumergía en el agua durante largos minutos esperando coger ese sabor salitre que tenía su padre, puede que incluso su olor. Los días que conseguía crear el clima adecuado, soñaba con la mar. Si tenía suerte, veía la figura de su padre al trasluz. Su cara ya no podía evocarla y le causaba un malestar difícil de soportar.

Deseaba hacerse mayor para dejar la tierra y marcharse mar a dentro. Se haría un gran marinero como su padre y le buscaría sin fin en ese profundo azul hasta encontrarle. Sólo esperaba que no hubiese sido seducido por ninguna sirena con sus cánticos que podían volver loco al más fuerte de los hombres. Y si tenía la mala suerte de que Neptuno lo arrastrara con sus fuertes brazos, le quedaría el consuelo de saber que perecería de la misma forma que su padre y ambos yacerían por la eternidad en la inmensidad del mar, llevando sus susurros con el viento para que su madre los escuchara cuando los echara de menos.  

lunes, 21 de enero de 2013

Mi filmoteca particular: In time


In time refleja una distopía no tan descabellada para los tiempos que corren. La historia se desarrolla en el año 2161 y se basa en la idea de que a los 25 años la gente deja de envejecer, pero en ese momento se activa un reloj con una duración de un año. Transcurrido ese tiempo, todos mueren de un ataque cardíaco. Sin embargo, toda su economía se basa en el tiempo. Se trabaja a cambio de tiempo y las cosas se pagan con tiempo. Este es el motivo por el que los ricos viven eternamente.

Will Salas es el protagonista de esta historia y es interpretado por Justin Timberlake, que sorprende en este papel al demostrar que no sólo es una cara bonita y un cantante pop. Él reside en uno de los barrios pobres y vive a diario al límite, ya que tiene el tiempo justo para poder acabar con vida cada día. Sin embargo, una noche se encuentra en un bar a un tipo de los barrios ricos con un reloj que marca más de un siglo. Es atacado por uno de los mafiosos de la zona y Will le salva la vida. Cuando despierta le ha transferido todo su tiempo excepto cinco minutos para ir a morir a un puente cercano.

Nuestro protagonista se traslada a los barrios ricos con el firme propósito de no malgastar ese tiempo. Pronto consigue más horas de vida jugando en los casinos, pero se enamora de Sylvia Weis, interpretada por Amanda Seyfried. Se trata de la hija de uno de los hombres con más tiempo del mundo. Surge el amor o, al menos, la atracción entre ellos, pero Will se ve obligado a secuestrarla cuando se ve cercado por la policía del tiempo que investiga la muerte del rico que se encontraba en su barrio. A partir de ahí todo es un no parar de persecuciones y enfrentamientos.

Will y Amanda se convierten en una especie de Robin Hood al robar el tiempo de los bancos para repartirlo entre los más pobres. Sin embargo, los precios suben para compensar el aumento de sus vidas. Nada parece que puede detenerles en su lucha contra un sistema injusto.

La película me pareció muy entretenida y con muy buenos actores. Pero el verdadero motivo por el que le dedico esta entrada es que creo que ese futuro no era tan de ciencia ficción como debería ser. Vivimos tiempos de crisis en los que muchos no pueden trabajar y los que lo hacen tienen que echar muchas más horas de las que deberían, sacrificando su tiempo libre.

Tal vez llegue el día en el que paguemos con tiempo todo aquello que queramos conseguir porque el dinero habrá perdido su valor y sólo nuestra vida servirá como moneda de cambio para los ricos que podrán seguir viviendo como si nada. Ojalá surja entonces un Will Salas que nos recuerde lo que realmente importa.

viernes, 4 de enero de 2013

Ocho letras que son mucho más que dos palabras

Hollywood nos ha venido la idea de que decir "te quiero" en Estados Unidos es todo un acontecimiento que suele ir precedido de una cena a la luz de las velas o similar. Puede que el motivo de tanta parafernalia sea el miedo a la contestación: un "gracias" o un silencio que pueden hundir las expectativas del otro.

El lado contrario está formado por las personas que no paran de decirlo a todas horas y casi hasta al lechero. En este caso, esas dos palabras comienzan a perder su verdadero significado porque el que las dice no considera que sea algo realmente importante.

Así que, como siempre, en el término medio está la virtud. Esperar el momento adecuado para decir por primera vez "te quiero" es fundamental. No es necesario que haya velas, ni cena, sólo estar con la persona adecuada y compartir un momento que resulte especial para ambos. Aprender a usar esas dos palabras mágicas en los momentos justos puede constituir toda una técnica. Es importante saber llenarlas de auténtico significado para que no se conviertan en una simple fórmula que usamos al despedirnos del ser querido.

En todo caso, cuando oímos "te quiero" queremos que suene como si fuera la primera vez que lo escucháramos en nuestra vida. Y deseamos que nunca antes esa persona hay pronunciado esas ocho letras, aunque sepamos que no es verdad. Lo bonito es quererlo y desearlo y esbozar una sonrisa cuando nos lo dicen. Ojalá no pasara nunca esa sensación que se tiene al principio, porque el querer nunca debe convertirse en un hábito o costumbre. Por eso soy de las que prefieren los "te quiero" que cuestan decir, no por miedo, si no por falta de costumbre. Soy de las que quieren que cada "te quiero" sea un evento y que esas dos palabras me suenen como si fuera la primera vez que las oigo.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Feliz 2013: Y no se acabó el mundo

El 2012 ha sido un año lleno de cambios para mí, tanto para bien como para mal. Y ahora hago el típico repaso al que incitan estas fechas y me doy cuenta de que la vida siempre sigue sin esperar a nadie ni preguntar lo que queremos o dejamos de querer. Tal vez sea mejor así. Yo no me puedo quejar porque siento que estoy en uno de los mejores momentos de mi vida y no quiero que acabe. No quiero que el fin de mi mundo espere a 2013, pero doy gracias porque no terminara este año.

Los primeros meses de 2012 estuvieron llenos de expectativas y miedos. Unos nervios con los que tuve que aprender a convivir día a día hasta que en marzo obtuve la recompensa por todas las horas de trabajo y sacrificio. Supuso un antes y un después en mi vida porque conseguí aquello por lo que llevaba luchando dos años y medio. Desde los dieciocho años quería ser lo que soy y aunque no me define como persona, sí que ha pasado a ser una parte de mí muy importante.

Después todo fueron viajes y reencuentros con personas a las que tuve que dejar un poco de lado para llegar al punto en el que estoy, pero que me recibieron con toda la alegría del mundo. Empecé a vivir de nuevo con unas ganas renovadas. Volver a tener tiempo para mí o para no hacer nada. Incluso llegar a tener que decir que no cuando una persona que lo era todo para mí quiso volver a mi vida, pero mi vida ya no era la misma y el hueco que creí que siempre sería para él se había hecho tan pequeño que ya apenas cabía.

Pero todo en la vida tiene su parte mala y siempre habrá algo que enturbie la alegría compartida por todos. En verano nos dejó una persona muy querida. No podría calificarle como un segundo padre, pero a veces me parecía como el abuelo que nunca tuve (ambos fallecieron cuando era muy pequeña) porque me mimaba como si lo fuera. Me buscaba como su cómplice para discutir con mi padre y mi hermana y le encantaba traerme recortes sobre noticias que podían interesarme. Le recuerdo especialmente ahora porque no le he visto llegar el día de Navidad para preguntarnos qué nos ha regalado Papá Noel y voy a odiar el momento de Nochevieja cuando llamemos para gritar "feliz año nuevo" y no esté al otro lado del teléfono. Tuve la suerte de cuidarle los últimos meses. Algo tan sencillo como darle sus pastillas todos los días y disfrutar de lo alegre que se ponía al verme. Así que tal y como dije en su día y pusimos en su corona de flores: El cementerio está lleno de gente imprescindible.

Sin embargo, todo sigue y no importa si estamos tristes o no porque la vida no espera a que nos repongamos. El verano llegó a su fin y casi di gracias por ello porque también perdí, en otro sentido, a una persona que había sido muy importante para mí. Simplemente nuestra amistad no daba para más y siento si no hice bien las cosas al final, pero el resultado hubiese sido el mismo. Me quedaré con los buenos momentos que fueron muchos, pero los años no lo justifican todo y a veces hay que decir basta.

Cambio de ciudad, cambio de amigos, cambio de vida... La gente que merece la pena permanece. Es algo que sólo aprendemos con los años. Ahora tengo mi propio piso y he conocido a personas increíbles que me hacen sonreír de una forma que ni recordaba. Por eso sé que me va a doler muchísimo separarme de ellos cuando esto acabe en junio, pero estoy segura de que no perderemos el contacto porque nos hemos vuelto partes fundamentales los unos en las vidas de los otros. Recuperas la ilusión sin darte cuenta y a pesar de que parecía algo imposible y me había resignado a ello. Toca Navidad y no quieres volver a casa con la familia o, más bien, quieres llevártelos a todos contigo.

Así que llega fin de año y todo está tan bien que da miedo. El día que se suponía que tenía que acabar el mundo estaba con esas personas y me reía de lo absurdo de esa idea. Pero ahora no puedo dejar de pensar que nuestro mundo se va a acabar un 13 de junio del próximo año y que no quiero que pase. Sólo espero que haya un nuevo big bang y que el nuevo mundo sea igual de bueno que el anterior. Mientras tanto, ¡feliz 2013 a todos!

lunes, 24 de diciembre de 2012

Crúzate conmigo

Elisa caminaba automáticamente por la noche, girando en una esquina y en otra para atajar hasta llegar a casa de Víctor. Sin embargo, en los últimos meses, cambiaba constantemente de ruta en busca de algo que no sabría decir qué era. Carlos estaba cenando solo en la barra de un vietnamita que daba a la calle cuando la vio pasar. Sólo fueron unos segundos, pero quedó prendado de ella. Por eso siguió yendo a cenar allí todos los martes de todas las semanas, esperando que volviera a pasar por esa esquina. Pero Elisa nunca repitió ese camino ningún martes de ninguna semana. Él seguía cenando allí hasta que olvidó el motivo de esa rutina semanal y acabó por aborrecer la comida vietnamita. Ese rasgo era compartido por Luisa, así que cuando empezaron a salir vetaron los restaurantes de comida asiática.

Elisa se ponía triste siempre que recordaba el pasado. "Cualquier tiempo pasado fue mejor". Esa tristeza se reflejaba en sus ojos, que se ponían vidriosos y se quedaban vacíos como los de una muñeca de porcelana. Le sucedía especialmente cuando pensaba en Víctor y el declive de su relación. Sabía que él buscaba experiencias nuevas con cualquier mujer que se cruzaba en su camino, pero ella prefería mirar hacia otro lado. Cuando hacían el amor notaba el olor de otras en su piel y cabellos de un color y una longitud distinta de los suyos. Por eso se ponía triste y Víctor tenía que mirar hacia otro lado cuando iba a correrse porque no soportaba esos ojos de muñeca de porcelana que le recordaban que había muerto todo atisbo de pasión en ella.

Toda la pasión que le faltaba a Elisa, Víctor la encontraba en Marta. Le encantaba perderse en la inmensidad de esos ojos verdes que parecían llamear cuando follaban. Confundirse con su melena negra y lacia que se expandía por el colchón como si quisiera conquistarlo todo a su paso. Con ella todo era fácil. Ni siquiera le exigía que dejara a Elisa como hacían las otras, porque ella también tenía una relación absurda que la estaba destruyendo poco a poco. Tal vez lo que más les unía era la cobardía que les impedía cambiar de vida, dejar todo lo que conocían para adentrarse en lo desconocido.

Elisa también tenía miedo. O no. Ni siquiera sabía lo que sentía. Ese podría ser su mayor problema, que había dejado de sentir. Por eso sus ojos se vaciaban de vida cuando se ponía triste. Sin embargo, el que no sintiera no significaba que estuviera muerta. Sólo necesitaba una pequeña o enorme llama que encendiera la mecha que había escondida dentro de ella. 

Un día, en su camino hacia casa de Víctor, se topó con una pareja que discutía a voz en grito. Entre los múltiples aspavientos que hacían esos dos desconocidos, el chico agarró la melena negra de la chica. Elisa quedó frente a ella, inmóvil, sin saber que hacer. No podía apartar la mirada de esos ojos verdes que mezclaban una rabia incontenible con una resignación demasiado pesada para una mujer tan bella. Se identificó con esa rabia, porque era la misma que ella sentía ante su pasividad. Les dejó allí con su pelea y empezó a caminar durante horas. Las lágrimas caían a raudales mientras sacudía sus brazos, hasta que se desprendió de toda esa rabia que representaba su conformidad.

Nunca volvió a casa de Víctor y tampoco le llamó. Él no intentó ponerse en contacto con ella ni se preocupó por lo que podría haber pasado para que no apareciera esa noche. Simplemente sus caminos se separaron. Podrían volver a cruzarse o no. Podrían cruzarse con otras personas que no les hicieran sentirse vacíos.